"Una luna que con las mareas...
se convirtió en cometa"
Luciérnaga
Llevaba semanas, meses, años quizá encerrada en el frasco de galletas de la alacena. Ni el señor O, ni la inquilina de la casa, notaron su ausencia. Allí pudo de a poco, recuperarse del banquete del cual fue plato principal.
Había terminado hasta con las migas de las galletas de avena con pasas, sus favoritas; se lamió toda la crema de las de chocolate; les mordió todos los bordes a las de coco. Cansada, incómoda y un tanto ciega por la falta de luz, la niña y sus medias violeta salieron gateando nuevamente a la vida del mundo exterior.
Estiró sus largas y ahora hormigueantes piernas, abrió bien despacito sus ojazos de capulí y pronto al reencontrarse y re-sentirse en las maravillas del O2, el cielo azulito y la tierra renegrita, sus dientes chuecos volvieron a brillar…
La casa-caracol estaba sola. Su dueña, últimamente, andaba muy ocupada, con responsabilidades y ocupaciones de a gratis. Harto polvo y seres multipatas merodeaban los curiosos pasos de la niña que con dedos, ojos, orejas, labios, tomaba objetos y les inventaba nombres que solo ella entendía.
Al final de su caminata, llegó a la puerta de la calle. En la vereda yacía parqueada una verde bicicleta oxidada. Estaba triste y lloraba a piñón y un cuarto. Su dueño la había abandonado ya hace varias lunas. Muchos la habían observado, pero nadie se animaba a adoptarla.
La niña, traviesa como todo infante, inició un diálogo con la cleta mientras trataba de entender el mecanismo de funcionamiento del extraordinario aparato lleno de círculos y metales. Finalmente se animó a dominarla y, aunque su cuerpo era pequeño y casi casi no alcanzaba el volante, sus largas piernas lograron iniciar el pedaleo.
Se creyó pronto una perfecta equilibrista, una maga de la velocidad, una diosa del movimiento… Todo iba perfecto hasta que un haz de luz chocó con ella, haciéndola caer en una voltereta, al enredarse nuevamente sus medias violeta.
Inició una rabieta de guambra malcriada. Lágrimas blancas corrían por sus rosadas mejillas y gritos se ahogaban en una cuchara donde terminaba la calle. Pronto, 5, 8, 13, 20, 26, decenas de niños la rodearon preocupados. Le preguntaban el nombre, pero ella ni hablar podía. Por sus colores, le llamaron Violeta.
Eran niños multisabores: chocolates blancos, negros, amarillos, pintaítos y hasta bicolor. Salieron de algún rincón del cajón de su ‘niño interior’ al estrellarse con la cleta. La colmaron de francas miradas, abrazos de oso y depositaron en su boina negra, toda la fe que le tenían.
Y a pesar de su horrenda pataleta, uno de los pequeños se enamoró profundamente de ella y le regaló una dulce paleta. Después de una lamida, ella le devolvió una sondrisa coqueta.


